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viernes, 10 de abril de 2009

El último suspiro

La noche que pasó nuestro amigo no fue para nada buena. No sólo se contentaron con pegarle, sino que querían mucho más para él, querían matarlo, pero eran tan cobardes que no se atrevían a hacerlo con sus manos, además que deseaban asustar a todos sus seguidores para que se olvidaran de él, para que sus enseñanzas quedaran en el olvido.
Después de azotarlo con palos, de golpearlo en la cara, de dejarle un ojo cerrado por la hinchazón de los golpes, recién ahí lo llevaron delante de un juez, lo acusaban de alterar el orden público. Pero el juez dijo que no podía enjuiciarlo pues este hombre no había nacido en su jurisdicción, sino que en otra, que era mejor que lo llevaran para allá.

Lo subieron a una camioneta y lo tiraron como un saco de papas en la parte trasera, casi desnudo y con todo el viento helado calando en sus heridas, haciendo el dolor más grande, como si un fierro ardiendo entrara en su piel.
Este nuevo juez lo miró, se burló de él, lo escupió y lo mandó de vuelta, se negaba a juzgarlo, según dijo, era poca cosa para una persona tan importante como él, no podía atenderlo, menos de madrugada.

Volvieron a subirlo a la camioneta y se lo llevaron de vuelta donde el otro juez... ya amanecía, y el cansancio en todos era grande, tan grande, que convencieron al juez para que dictara sentencia: muerte en la plaza principal a medio día. como si fuera una fiesta se abrazaron, habían logrado su objetivo y lo verían morir frente a todo el pueblo.

En cosa de minutos convencieron a la multitud de que este buen hombre era un timador, un farsante, que nada sabía y que todo lo inventaba en su mente enferma. Ahora todos querían verlo morir... fueron pocos los que permanecieron fiel a lo que el maestro les enseñó. Los más amigos se ocultaban, temían que los apresaran a ellos también y encontraran el mismo trágico fin. Los callejones eran los lugares ideales para pasar inadvertido.

Lentamente llevaron al maestro por las calles, caminando descalzo, recibiendo los insultos y escupitajos de la gente. Huevos, tomates, basura, todo lo que tenían al alcance le tiraban en la cara a su paso. Mientras esto ocurría, el amigo que lo había entregado estaba muy triste, arrepentido, confundido, no quería saber nada más de la vida. Subió a lo alto de un edificio y se dejó caer...

La plaza principal estaba repleta, todos esperando el "gran" momento, todos listos para ver la agonía y muerte de un hombre, al mismo que habían vitoreado unos días antes... ahora le daban la espalda.
Lo amarraron en un gran mastil y le enterraron 3 estocadas: una en cada lado del tronco y el otro atrevesando sus muslos. El grito que se escuchó fue desgarrador, la gente quedó en silencio, asustada, pues el cielo se había oscurecido. El maestro les miró, sonrío y exhaló por última vez...

En ese mismo momento la tierra tembló y se abrieron todas las jaulas de las aves, al fin lograron su libertad, la cárcel que les impusieron llegaba a su término.

Continúa mañana.

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