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jueves, 31 de marzo de 2016

El amor mata



Hace poco tiempo un periódico chileno tituló "El amor y los celos la mataron" en directa alusión a un caso del homicidio de una mujer a manos de su "novio". Desafortunada frase para el titular de un Diario.

Y digo de un Diario porque si esa misma frase la ocupamos en un libro  de psicología o filosofía el efecto no sería el mismo, ya que si alguien lo leyó es porque probablemente quiera adentrarse más en el artículo y leerlo completo, donde el autor se puede explayar sobre lo que quiere decir.

Yo sostengo que el amor sí mata. Pero no mata físicamente, pues nadie muere de amor.
Cuando amas hay algo en ti que muere. El verdadero amor te mata el egoísmo, propio de todo ser humano. Se muere esa preocupación exclusiva en ti mismo y nace algo que nunca habías sentido antes: el querer que la otra persona esté bien y feliz. Mueres para ti mismo y naces para el otro.

Esta muerte la experimentan todos quienes realmente han conocido el amor, ya sea de pareja, de hijo, de amigo, de papá o mamá, de lo que sea. El padre o madre muere para sí mismo y se entrega completamente a su hijo. Muchas veces incluso muere para su pareja, pues no sabe como manejar ni encauzar este amor que siente por ese pequeño. En la mayoría de los casos mueren los carretes, muere esa vida social que tenías y te entregas a una nueva vida social, a esa que tiene que ver con tu hijo y que te lleva a cumpleaños infantiles y a hablar de pañales, pataletas, travesuras y todo lo que tenga que ver con el ser más pequeño de la casa.

El amor mata. El amor se lleva esa cápsula que te encierra en ti mismo y te hace ver que hay otro a quien quieres hacer feliz. El amor mata hasta esa "necesidad" por comerse hasta el último bocado del pastel para poder darle a esa otra persona no solo una probada, sino todo.

Es una muerte transformadora, hermosa, que te hace sentir mejor, que te muestra de lo que eres capaz y te sorprende día a día. Es una muerte que no deja ni víctimas ni victimarios, solo beneficiados.

Sí, yo puedo decir que el amor mata.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

jueves, 3 de marzo de 2016

Los Años Maravillosos

Durante la década de los 80 se exhibió en Chile, en televisión, una serie norteamericana en la que el protagonista recordaba su infancia y adolescencia entre 1968 y 1973, esa bella época del colegio, Los Años Maravillosos.
Y bueno, en mi caso no es muy distante, puedo decir que esos años de estar en el colegio fueron mis propios años maravillosos.

Cada día era una aventura, desde el primer día que estuve en una sala, en el prekinder, donde junto con un amigo nos escapamos un par de veces de la sala y nos pillaron ocultos en otro lugar, sin razón alguna. En kinder ya éramos "grandes", así que ahí conocí a mi primer amor: la tía María Elena (o como se llame porque no me acuerdo bien del nombre). Recuerdo que lo que más me gustaba de estar ahí era poder revisar esos libros con pop up, o sea, que los abría y aparecía un castillo o un animal que se salía de las hojas para que yo lo tocara.


De primero a quinto básico asistí a un colegio que quedaba cerca de mi casa. Ahí fui premiado por rendimiento académico, aprendí a leer muy bien a mitad del primero, tuve un mismo profesor jefe durante todos esos años, nos tiraban las patillas del pelo cuando nos portábamos mal, tuve una fuerte discusión con mi profesor en tercero porque yo no quería hacerle caso de puro orgulloso que era. También me enamoré, pero de esos amores platónicos que uno siempre recuerda. Una de ellas era compañera mía, estaba en mi sala, cerquita, pero siempre supe que no me pescaría ni en bajada.
La otra era de un curso superior, ojitos verdes, tez blanca y cabello más abajo de los hombros, liso. 

Además fueron los años en que me dieron un poco de independencia en mi hogar y me dejaron irme solo desde el colegio a mi casa. Incluso una vez intenté engañar al inspector, y ya lo había logrado, pero cuando iba a salir por la puerta me arrepentí y conté la verdad.

En sexto básico me cambié a otro colegio en el cual me quedé hasta salir en cuarto medio. Qué maravillosos años. Sería egoísta con todo el resto de mi vida decir que esos años fueron los mejores, pero sí puedo decir que fueron maravillosos.
Era la época en que no existían las consolas de vídeo juegos (solo contábamos con "Atari"), no existía el Internet, menos los teléfonos celulares. Es por eso que no hay tanto registro gráfico de lo que viví en esos años, pero sí está el recuerdo en la mente de lo bien que la pasé jugando a la pelota en la calle, al tombo, las naciones, el corte cadena, el caballito de bronce en el colegio, al bachillerato, y tantas cosas más que me hacen mirar hacia atrás y sentirme feliz.

Hoy, para mis hijos, estar en el colegio ya no es lo que yo viví, es todo muy distinto, porque en 30 años vaya que ha cambiado la sociedad. Es quizás por eso que muchos padres y madres dejamos a nuestros hijos con aprensiones en su sala de clases, y estamos ansiosos de que ya sea la tarde para poder verlos y preguntarles como estuvo su día.
Pero bueno, hay que crecer también, y no lo digo por ellos, lo digo por mí como padre, porque soy yo el que debe entender que mis hijos ya están creciendo y que empiezan a ver el mundo con sus propios ojos y a interactuar de manera independiente con su entorno, con todo lo que eso significa.

Tal vez nunca esté listo ni yo, ni tú para soltar a los regalones de la casa, solo sé que ocurrirá y debo empezar a asimilarlo.

Por ahora hay que dejarlos que disfruten de esto que empiezan, de estos Años Maravillosos.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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