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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Travesuras condensadas

* Cuento escrito en conjunto con Carolina 


Cuando se revisen los libros de historia de nuestro país y se llegue al año 1973 se verán 3 hitos que marcaron ese año: 1) Colo-Colo es saqueado a ojos de toda Latinoamérica y se le arrebata el sueño de obtener la Copa Libertadores, ese fue el año en que la tristeza de los primeros meses se vio menguada con estos momentos de alegrías de cada semana. 2) El 11 de septiembre La Moneda es bombardeada y comienza oficialmente un período de Dictadura. 3) El 22 de noviembre, después de que ya había pasado el impacto inicial, y en la cama de un hospital, nací yo para alegrar la vida un gran número de personas. La desaparecida clínica Carolina Freire tuvo el privilegio de ser testigo de mi nacimiento. Fue tanto el honor que finalmente tuvo que cerrar, había dejado la vara muy alta.
Y fue lo único que quedó alto en mí, porque no solo soy la menor de la familia sino que la más pequeña gracias a los genes de mi padre que son fuertes en mí. Lo único que me falta es ser jinete de carreras como lo fue él, porque el genio y el porte ya los tengo.
Mi madre es una mujer bastante más grande que mi papá, es una especie de pareja atípica, de esas tipos cuentos de hadas pero sin hadas y sin final feliz, por lo menos entre ellos, porque por mi parte siento felicidad en mi vida, no como Blancanieves en la casa de los enanitos, pero sí como los enanitos que tenían siempre todo listo en la casa.
Así fue mi infancia y adolescencia, siempre con una nana haciendo las cosas del hogar mientras mi mamá y papá trabajaban. Había que llenar el tiempo de alguna forma y yo lo hice con lo que mejor sabía hacer: divertirme.
Con mis dos hermanas mayores jugábamos bastante, teníamos toda la casa para hacerlo y mucho tiempo libre. Odiaba las tareas del colegio, así que nunca le puse mucho empeño por terminarlas, ese tiempo lo ocupaba en jugar. Y entre juego y juego siempre aprovechaba mi hermana mayor de meternos miedo a las dos más chicas, lo hacía con historias de terror u obligándonos a mirar esas películas de vampiros y monstruos que sí causaban esa sensación de que alguien te estaba observando en el umbral de la puerta y al darte vuelta solo veía a la payasa de mi hermana con cara de estrangulada haciéndome gritar.
Pero eso no fue nada comparado con el encuentro cercano del octavo tipo (sí, eran ocho patas) que tuvimos en la casa de campo de mi abuela. Era una casa grande, con muchas habitaciones, mas lo que vivimos en aquel verano fue lo que hizo que una de las piezas se clausurara por un buen tiempo. Ocurrió en una de las tardes de juego en que por algún motivo nos fuimos a meter a la pieza donde dormíamos. Al entrar la vimos ahí, encima de la cama, era la verdadera Araña-Perro. No era un perro disfrazado como araña, no, era una araña del porte de un perro, que para mí era como un Gran Danés y no sé si por el miedo que sentí o por lo pequeña que era. La cosa es que la habitación se clausuró con ese espécimen dentro. Nunca supimos si se fue, si se comió las camas o si nos estaba esperando para devorarnos, lo que sí sé es que desde ese día mi miedo a las arañas es casi paralizante.
Cómo se extrañan esos días de tranquilidad en el campo. La vida en Santiago era muy distinta, mucho más convulsionada y con esas pequeñas responsabilidades de la época. Junto con eso también estaban las influencias de las amistades, las cuales no siempre eran las mejores. Desde los 12 años empezó mi período de “aprendiz de Darth Vader”, el cual recuerdo y me llega a dar escalofríos. El Lado Oscuro de la Fuerza parecería un jardín comparado con lo que yo hice, re hice, deshice y volví a hacer. 
A los 17 años, y no precisamente por obra y gracia del Espíritu Santo, quedé embarazada y a poco de saberlo me casé con el entonces pololo que tenía. En esos primeros meses de matrimonio me habré separado unas 2 veces por lo menos, claramente algo no andaba bien, pero la verdad es que nada claro tenía en aquella época.

Nació mi primer hijo y mi matrimonio siguió su curso con los altos y bajos de toda relación, aunque debo reconocer que esa relación tenía más bajos que de los otros momentos. Fueron años de aprendizaje también, tuve que crecer como mujer y aprender a ser madre. Con dolor descubrí lo maravilloso que es amamantar y lo angustiante que es cuando el bebé se enferma y no sabes qué es lo que tiene. Sin tanta información como en esta época todo era más difícil. Los consejos de otras madres se multiplicaban y ahí estaba yo, una primeriza nadando en un mar de dudas con 20  faros alumbrándome, y era tanta la luz que al final terminaba encandilada en medio del mar.
Nada es fácil en la vida y aunque algunas cosas se me dieran casi de manera automática y cotidiana, supe que el camino que se venía por recorrer no sería nada de fácil. Nuevamente venía el señor Vader y me llevaba a su lado, lo peor es que yo permanecía ahí casi como hipnotizada, sin poder ni querer salir. Entre medio vino mi segundo embarazo, esta vez una niña venía a llenar mi vida y ser parte de mis juegos de niña, al fin tenía una muñeca de verdad para poder vestirla y peinarla como yo quisiera. Si antes ya era difícil ser madre, ahora lo era el doble, pero también eran dobles las alegrías.
No digamos que el apoyo de mi marido fue grande durante el matrimonio, menos lo fue en la labor de ser madre, por lo que cada día se hacía más duro todo, eso sumado a la mano Negra que siempre me estaba llamando y a que a ratos me hacía llegar a planetas inexplorados por el ser humano.
Necesitaba remecer mi vida, rebelarme a mi entorno, dejar de ser la mujer que estaba en la casa obedeciendo en todo, pero no me daba el valor para hacerlo, así que decidí hacer algo que siempre quise y que por no hacer enojar a mi esposo me privaba de ejecutar: me hice un tatuaje. El huracán Katrina queda chico comparado con lo que eso significó en mi casa, pero ya estaba hecho y yo me sentía realizada, feliz, entusiasmada. Nunca hubo una pizca de arrepentimiento por esas travesuras mayores que empezaba a realizar.

El tercer hijo llegó hace 8 años, cuando ya mi matrimonio se caía a pedazos pese a todos mis esfuerzos porque así no fuera. Era como el Titanic acercándose al iceberg, en poco tiempo se estrellaría y terminaría por hundir ese buque de guerra. La diferencia con la historia marítima es que esta vez el capitán, en este caso capitana del barco, no se hundió, sino que llegó hasta el fondo del mar y salió a flote.

Es muy probable que 50 años después estas líneas o mi vida misma sean exhibidas en un documental que se llame “Usted no lo haga”, y de eso también me sentiré orgullosa.

martes, 23 de octubre de 2018

El bibliotecario

Imagen: Angga Renaldo Sikas
Hace 15 años comencé en este mundillo de las Bibliotecas, tenía apenas 26 años de edad, todo un joven que había pasado sin penas ni glorias por la universidad. Aún no tenía hijos ni esposa.

De libros yo conocía las tapas, las historias, los autores, porque me gusta leer, pero de ahí a darle un orden especial en una estantería había una gran distancia. Pero aprendí a hacerlo, aprendí que cuando son  muchos libros no nos sirve ordenarlos ni por colores ni por tamaños.

Todo este tiempo he atendido público, alumnos de universidad, de esos que salen de cuarto medio y vienen pegado con el "tío" para dirigirse a los que son mayores. Ya sí, siempre fui mayor que ellos, pero no digamos que una brutalidad, tenía menos de 30 años y ya me estaban diciendo "tío".
Fue ahí cuando decidí que solo mis sobrinos debían decirme así y como aún no nacían entonces todo el resto o me trataba por mi nombre o me decía "señor", pero nada de emparentarme siendo yo tan joven.

Pasaron los años, nacieron mis sobrinos, nacieron mis hijos, mi cabeza y cara se poblaron de canas, pero sigo tan joven como antes, así que aunque los nuevos estudiantes puedan ser hijos míos no lo son, ni tampoco son sobrinos, por lo que apenas me dicen "tío" les mando mi mejor mirada con rayos láser saliendo de mis ojos, y deben quemarles porque de inmediato se ponen serios y me dicen "perdón".

Lo que no sé es como hablan de mí entre ellos. Seamos honestos, todos los que pasamos por el colegio y/o universidad, le pusimos apodos a los profesores y a los funcionarios, sobre todo cuando no sabíamos sus nombres. El más recurrente siempre ha sido "el viejo de matemáticas", "la vieja del kiosko".
¿Qué dirán de mí? ¿El viejo de la Biblioteca? ¿El cara de loco? ¿El barbón? ¿"El libro se lo pedí al señor canoso de la Biblioteca"?

Siempre será un misterio insondable para mí, algo así como el baño de mujeres o la sala de profesores... Y prefiero que siga siendo así, un completo misterio.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

jueves, 9 de agosto de 2018

Once años

En mayo del 2007 aún me quedaba un mes para que naciera mi primer hijo, estaba casado y trabajaba en una universidad, en la Biblioteca. Era el día 2 cuando Colo Colo empezaba los fatídicos Octavos de final de Copa Libertadores.
Siempre cuando llegamos a esta fase recuerdo esa primera vez en el estadio para esa instancia, Vasco da Gama nos dejaba fuera en el estadio Nacional después de un espectacular empate a 3 goles. Pese a que el año siguiente se ganó la Copa no puedo dejar de ver con un "optimismo negativo" cuando el Cacique disputa esa fase.

Ese 2007 Colo Colo viajó a México para enfrentarse al club América y nos devolvimos con 3 goles en contra. El 2-1 en el Monumental no alcanzó para superar esa etapa. De ahí en más o nos quedábamos en primera fase o simplemente no jugábamos ese torneo.

Fueron 11 años sin entrar en los Octavos de final del torneo más difícil del mundo, 11 años en que celebré 11 cumpleaños de mi hijo, 6 de mi hija, me divorcié, tuve una relación amorosa de 2 meses, otra de casi 4 años, nuevamente estoy sin pareja y recién pude volver a vivir, y desde el mismo estadio, los Octavos de final de la Copa Libertadores de América.

Antes de jugar el partido yo firmaba y re contra firmaba si alguien me ofrecía que Colo Colo ganara 1-0, incluso llegué a creer los días previos que conseguir un 0-0 sería maravilloso, sobre todo pensando en que el rival juega mejor de visita que en su casa. Pero llegó el día del partido y me pasó lo de siempre, vi a Colo Colo como el mejor equipo del mundo, aquel que levanta copas y al que los rivales le temen. Vi al Cacique goleando en el Monumental y despachando a los brasileños antes de jugar el partido de vuelta. Es que el fútbol tiene esa magia y el que es hincha sabe que su equipo siempre ganará... En su mente.

Dos horas antes del partido fui a comer algo en el centro comercial que está frente al estadio y vi mucha gente con camisetas, incluso se escucharon unos gritos alentando en el patio de comidas. Sí, había llegado el momento esperado, la efervescencia se había instalado en la hinchada.
Ya en el estadio se notaba mucho más. De a poco fue llegando la gente, niños, niñas, mujeres, varones, hijos, abuelas, abuelos, el marido con su mujer, el hombre con la amante, la mujer con su patas negras, los heteros, los homos, los de Derecha, los de Izquierda, los que no creen en la política, los que odian al mundo, en fin, todos estaban invitados a ser parte del regreso de Colo Colo a los Octavos de final.

Cuando faltaban 20 minutos para el comienzo del encuentro el estadio ya estaba lleno y la barra empezaba a cantar. Los gritos bajaban de todos los sectores del estadio para esperar ver el triunfo de Colo Colo. Sí, porque todos los que estábamos ahí y los que estaban pegados a la tele o a la radio esperaban y tenían fe en que ganaríamos. 
El sector Cordillera estaba tapizado en lienzos que no dejaban ver a la gente, pero igual se las ingeniaron para poder mirar algo y no "molestar" a los "angelitos" que tenían esos "hermosos" trozos de tela ahí. Lo único que importaba era Colo Colo y el triunfo.

Cual novia saltó el Cacique a la cancha vestido de blanco entero, elegante, pulcro, listo para la batalla.
El nerviosismo se notó al minuto de juego cuando un tal Pedro se manda un carrerón por el lado derecho del ataque brasileño y casi nos hacen el gol. Pero Paredes se encargó de meter un pase a Lucas que les dio una señal a Corinthians: en casa Papá no se achica.

En pocos minutos Colo Colo tomó el control del balón y comenzó a hacer su juego, a buscar como llegar, primero por la izquierda  con un Damián Pérez inspirado y después por la derecha con un "Torta" Opazo que se comió esa banda.
Paredes y Lucas peleaban todas las pelotas, bajaban a la defensa, cabeceaban en los córners en contra. Baeza y Carmona no dejaban pasar una en el medio campo para que el "Mago" pudiera hacer magia.

Y así fue, Lucas recuperó el balón en terreno propio, se sacó a 3 rivales con un lujo de su pierna derecha, se la da a Esteban quien la devuelve para el "Mago" quien con un toque de los polvos flu hace aparecer el balón al lado derecha del área de los brasileños donde Opazo corrió como poseído por un espíritu, levantó la cabeza y mandó un centro-pase para que Lucas le pegara un derechazo que encontró al buen arquero Cassio bien ubicado, pero que dejó el rebote para que Carmona, quien también había llegado al área rival, con su pierna derecha mandara el balón a ras de suelo hasta la red. GOLAZO.

El estadio estalla, todos se abrazan, da lo mismo si conoces o no al del lado, fueron 11 años de espera y había que celebrarlo.

El 1-0 se mantuvo hasta el final del partido, con un Colo Colo que buscó siempre el segundo gol, con un árbitro que no quiso cobrar 2 penales claros para el Cacique y con un "Mago" que sintió el peso de su retorno a las canchas.
Sí, yo firmaba ese 1-0 antes del partido, pero cuando vi que el arquero de Corinthians las sacó todas me fui con el gusto amargo de que pudo ser un marcador más abultado.

No importa, se dio el primer paso y un cosa me queda clara:

EL SUEÑO SIGUE INTACTO


domingo, 1 de julio de 2018

La muerte y yo

En algunas ocasiones escuché o leí en entrevistas la misma respuesta a esta pregunta: ¿Le temes a la muerte? Y la respuesta era sí.
Personalmente, a mis cuarenta años, puedo decir que no le temo a la muerte, y es que cuando sabes que en algún momento llegará no saco nada con temerle. Comprendo a quienes sí le tienen miedo y no los juzgo, solo digo que para mí no es motivo de temor.

Día a día convivo con la muerte, no la desafío, solo convivo a diario cuando tomo la moto y me muevo por la ciudad. Sé que la exposición es mayor que si fuera en un bus o en una auto común y no tan silvestre, por lo mismo procuro cuidarme y recordar siempre que debo andar a la defensiva y siempre muy atento al camino.

No, definitivamente no le temo a la muerte, la recibiré cuando sea el momento y probablemente lo haré enojado porque si de algo estoy seguro es que NO quiero morir.
A mi gente más cercana les he contado que mi deseo es cumplir 100 años vivo, después de eso podré irme en paz, pero la verdad, pensándolo mucho, no creo que me vaya en paz porque no quiero dejar esta vida.

Actualmente paso un momento muy triste en mi vida y no me gustaría irme de esa forma, no me gustaría irme sin haber podido ver y hablarle por última vez a quien ha sido una mujer trascendental en mi existencia.
Tampoco me gustaría irme porque tengo dos hijos y si bien no vivo en la misma casa con ellos sé que les gusta estar conmigo cada viernes que se quedan a dormir en mi casa. Disfrutamos de conversaciones y juegos y sé que para ellos sería muy doloroso que yo deje de vivir ahora.

Lo más seguro es que yo no esté triste eternamente, esto es como un gran día nublado y de mucha lluvia, después de lo cual saldrá el sol y mi vida será feliz, entonces tampoco querré morir porque estaré feliz y disfrutando mucho.

Como ves si estoy triste no quiero morir y si estoy feliz mucho menos.
Probablemente llegue un momento que estaré tan cansado que ahí querré partir, pero si lo pienso bien prefiero que no, me gustaría seguir durante muchos años en este planeta, aunque sea muy muy muy viejito.

Yo ya le avisé a la muerte que no la quiero cerca de mí, así que te pido un favor, si la ves por ahí dile que ni me mire, aún tengo cosas por hacer.

Muerte, no te temo, pero tampoco te quiero.

lunes, 18 de junio de 2018

Cuatro años

Hola.
Decidí dejar plasmado esto por acá para que de alguna manera llegue a ti y que de paso pueda ser leído por otros para que entiendan y les sirva en algo para su propia vida.

El 18 de junio del 2014 mi vida cambió completamente, ocurrió un hecho que dio inicio a una serie de cambios buenos para mi ser. Tal vez piensas que como fanático del fútbol que soy me estoy refiriendo a ese triunfo de Chile ante los actuales campeones del mundo de ese entonces, esa verdadera exhibición de fútbol, pero no, no me refiero al fútbol.
Recuerdo con gran alegría lo que ocurrió después que finalizara ese primer tiempo del partido. Me senté en mi puesto de trabajo y estabas en el chat, ahí te dije que como no había nadie y tú estabas en casa podíamos hablar por teléfono, y accediste, me llamaste al minuto.
Nunca se me pasó por la mente que eso sería el comienzo de algo bueno.

Es cierto que ahora tú y yo ya no estamos juntos, sería difícil no recordarlo cuando han sido dos meses muy tristes, dos meses de pensar mucho sobre mí y sobre la relación. Pensar en ti no se me hace complicado, para nada, porque no hay hora del día en que deje de hacerlo.
Uno no se da cuenta como es que se enamora de alguien, solo ocurre, no es algo que se pueda razonar, no se piensa, solamente ocurre y si intentas explicarlo terminas volviéndote loco. Así mismo el dolor no se puede dejar de lado con el pensamiento, no es que uno quiera estar triste, solamente sucede, y por más que te digan que "todo pasa por algo", "todo cambio es para mejor" y bla bla bla, la tristeza sigue ahí y se hace parte de tu vida. Siempre sucede cuando se pierde a alguien y en esta ocasión no es distinto.

Tampoco quiero olvidar todo este tiempo junto a ti, hacerlo sería negar todo lo que soy ahora. Contigo aprendí muchas cosas, contigo empecé a ver la vida con los matices que tiene y no con esa rigidez que tanto me gusta a la hora de tomar decisiones, ya sabes, o es blanco o negro, pero no gris. Bueno, junto a ti vi que existía el gris, el amarillo, el rojo, el verte y una gama tremenda de colores con los que se pinta la vida. Incluso la música tomó otro papel en mi vida, fue la forma en que nos comunicamos nuestros sentimientos en todo tipo de momentos, incluso ahora. Sí, he buscado las letras de esas canciones y he llorado de pena al hacerlo... Pero así es la vida cuando uno mete las patas, cada acto tiene una consecuencia y aunque sea terrible hay que asumirla.

Al cumplir cuatro años del comienzo de una bella relación solo puedo agradecer el haberme cruzado contigo en la vida. Tal vez nunca más estemos juntos, tal vez nunca volvamos a ser familia físicamente, pero el cariño y todo lo que tú significas para mí siempre quedará conmigo, en cada paso que dé, en cada momento que viva. 
Voy a rescatar siempre todo lo buena que eres y todo lo bueno que vivimos. No somos seres perfectos, tú y yo tampoco lo somos, pero no recurriré a esa pequeña trampa a la que recurren muchas de las parejas que terminan sus relaciones y buscan en el pasado todo lo malo de la otra persona y se quedan con lo peor para que no duela tanto el separarse.
Sé que me dolerá mucho y que pensar en ti y en la gran persona que eres lo hará aún más difícil, pero es lo que prefiero hacer, tomar lo mejor de ti y atesorarlo eternamente.

Los buenos recuerdos, nuestros bailes, nuestras risas, las películas que vimos, los regalos que nos hicimos, nuestros juegos, los paseos, las siestas que dormimos juntos y cuánta cosa que nos hizo siempre feliz es lo que guardaré por siempre.

Decirte que quiero que todo vuelva a ser como antes sería mentirte, me gustaría que de aquí en adelante todo sea MEJOR que antes, que podamos volver a encontrarnos, sanas nuestras heridas y continuar nuestro camino juntos.

Y así como lo dice Santiago Cruz en su canción: tuve mis errores (quizás muchos), sé que algún acierto ya no viene al caso... Que haya luz en tu vida yo quiero... y que seas muy muy feliz.

Gracias por estos cuatro años de alegrías, Carolina Andrea.

martes, 11 de julio de 2017

La mujer maravilla

La personalidad de cada uno va siendo determinada por su entorno, por las relaciones humanas que estableces, por lo que escuchas, por lo que vives a diario. Pero también , y parte muy importante, la determina tu aspecto físico. Suena bastante superficial mas no lo es si revisas lo que pasa contigo.

Muchas veces optamos por un cambio físico porque sentimos que es necesario que eso ocurra para cambiar la personalidad, y tal vez solo sea que van de la mano.
Hace años, por allá en el año 1996 conocí a un muchacho que entró a la misma carrera que yo en la universidad. Él vestía pantalones que no fueran jeans y camisas, nunca poleras. Era muy callado, tímido y entregado por completo a los estudios. Al año siguiente llegó vistiendo jeans, polera. chaqueta de cuero, fumando y con una personalidad tan extrovertida que cualquiera diría que era su hermano gemelo, pero no tenía hermano, solo era él que había cambiado.

Conozco personas que rechazan trabajos porque le exigen afeitarse, cortarse el pelo, hacerse peinados de tal o cual tipo, maquillarse de cierta manera, etc. Y es que nuestra personalidad es todo lo que somos, hasta lo que aparentamos. Va más allá de solo un gusto personal a la hora de vestirse o de representar algo.
En lo personal yo no me cortaría al cero el pelo ni tampoco me lo dejaría crecer hasta los hombros. Sería otra persona, actuaría de otra forma, tendría otra actitud y la verdad es que no quiero.


Pero conozco a alguien que sí se atrevió con un cambio y fue de manera radical, además que lo hizo no por un gusto personal, sino por dar alegría a una persona que no conoce y tal vez nunca sepa quien es o será.
Hoy te quiero presentar a quien llena la otra parte de mi vida, esa parte que los hijos dejan reservada para quien acompañará al papá en el camino largo. Sí, ya pasaron 3 años y me podrías decir "deberías haberla presentado antes", pero lo hago en este momento porque me doy el tiempo que ella merece para estas líneas.

Carolina es su nombre, hace 3 años introdujo cambios en su vida, cambios fuertes que sabía que tendrían un costo, pero aún así se atrevió a empezar una relación conmigo, con todo lo que eso conlleva. En estos años no solo me ha alegrado mi existir, sino que también he aprendido muchas cosas, incluso me siento un poco mejor persona cada día. Claro, no soy perfecto y ella tampoco, pero es mi ejemplo en muchos aspectos.
Algo que siempre me ha impresionado de ella y es una de las cosas que más me enamora, es su entrega desinteresada hacia la humanidad. Para ella no existen colores políticos, ni de piel, ni nacionalidades, no, para ella todos los seres humanos merecen y deben recibir amor.
Es ese amor lo que la ha llevado a realizar un acto de entrega que poquísimas personas en el mundo harían. Durante años llevó el pelo largo, lo cuidó, lo mantuvo hermoso, digno de admiración de otras mujeres y de las peluqueras que la atendieron todo este tiempo. La tristeza y el regocijo se mezclaron en su ser cuando sintió la tijera que cortó el tesoro físico más preciado que tenía, y todo para que ese cabello se convirtiera en peluca y pudiera cubrir la cabeza de quienes han perdido todo su pelo producto de enfermedades.

Amar a esta mujer es la parte fácil de todo esto, merecer su amor es lo que no estoy seguro, pero lo disfruto y soy feliz. 
Ella es Carolina, mi mujer, la que me conquistó de pelo largo y me enamoró con su pelo corto.




martes, 16 de mayo de 2017

"Nunca te voy a dejar de querer..."

Las relaciones entre las personas nunca están exentas de problemas. empleado-jefe; mamá-hijo; papá-hija; vocalista-baterista; marido-mujer; etc.
Cuando esa relación tiene como fundamento el amor esos problemas que se presentan generan una rabia, una amargura, un querer mandar todo a la punta del cerro y no saber nada más de la otra persona. Pero eso dura poco, pueden ser minutos, horas, hasta te puede durar hasta el otro día, porque la situación ocurrió recién y la rabia junto a la pena es lo primero que surge, es una especie de volcán que explota en una gran erupción.
El tiempo logra que todo disminuya y que el calor de la rabia se enfríe. Ahí es cuando recuerdas todos los buenos momentos, lo mucho que amas a esa persona y dejas el orgullo de lado para asumir la responsabilidad en lo que sea que haya sucedido. Eso es lo que me pasa con mi mujer, porque nuestra relación no es un lago cristalino sin olas, todo lo contrario, es más parecido a la noche en que el Titanic se hundió, con la diferencia que siempre tenemos un bote salvavidas para acudir a él y volver a sonreír.

Sé que para muchos comparar este tipo de problemas con lo que me pasó el día domingo no tiene sentido y es hasta absurdo, y te entiendo si eres una de esas personas, pero para mí la relación que tengo con Colo Colo, con ese ente ligado al fútbol (y muchas cosas más), es de puro amor y pasión.
El fin de semana que recién pasó sufrí uno de esos momentos de rabia y pena en que mandé todo a la punta del cerro después del empate que nos dejó ya sin la primera opción de ganar el título del torneo, lo que es peor fue que esa opción quedó en manos del archirival quien con un triunfo, jugando de local, levantaría la copa sin ningún problema.

Es imposible que mi amor por esa camiseta blanca se desmorone por perder un campeonato cuando ya estábamos reservando la vitrina para exhibir la copa.
Es imposible que deje de creer que todavía se puede aunque las opciones son remotas.
Es imposible que crea que perderemos aunque vengamos jugando pésimo.

Creo en ti Colo Colo, creo en que este sábado todo es posible, creo en el triunfo frente al cuadro de Cobresal.
Lo que ocurra en la otra cancha ya es anexo, a mí lo que me importa es que yo sigo amando al Cacique y creyendo siempre en que triunfaremos.

Vamos Colo Colo, nunca hay que bajar los brazos y yo nunca te voy a dejar de querer, nunca.

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