Parece que no escribiré más en contra de algo, justo que ayer protestaba en contra de las rotondas me ocurrió una desgracia.
Salí de mi trabajo a las 6 de la tarde para alcanzar a llegar a mis clases a las 6:30, casi siempre llego 5 ó 10 minutos después.
Camino para allá llego a la rotonda que está en Tomás Moro, esa donde está la Municipalidad de Las Condes, así tomo la calle Cristóbal Colón para ir camino a Providencia.
Me puse en la pista correspondiente y esperé pacientemente que no vinieran autos en la rotonda para avanzar. Una vez que pude hacerlo una mujer joven, que manejaba uno de esos autos mounstruosos que sirven para llevar 8 personas, hizo lo mismo que yo pero en la calle de al lado a la que estaba yo, el problema es que lo hizo sobre mí.
Gracias a la compañía divina esto no pasó a mayores, me dio el topón (bastante fuerte) y me botó. Quedé con dolor en el cuerpo, pero ni a mí, ni a la moto nos pasó algo.
Ella me miró desde su auto y nisiquiera se bajó para ayudar a pararme o preguntarme si estaba bien, es más, me pareció que ella me echó la culpa a mí del incidente.
Lo dejé ahí no más, total estaba yo bien y mi moto también, así que no había nada que cobrarle y si lo hubiera la legislación chilena es como las huifas, porque si la persona no se presenta al careo todo queda en nada y al final uno pierde tiempo en tratar de que se respondan por los daños.
La moraleja debería ser: no hablar más en contra de las rotondas, pero no me callaré, quiero que se erradiquen esas ruedas de la muerte donde el que ve un pequeño espacio para meterse lo hace porque sino podría estar eternamente esperando que no vengan autos para poder entrar tranquilamente.
Hoy, día de lluvia, soy un peatón más.
Buenos días, buenas tardes, buenas noches.



